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A nosotros también nos puede pasar... Imprimir
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Martes, 07 de Noviembre de 2017 21:02
Por Luciano Laserre* para Master News
 
Increíblemente, nos tocó a nosotros. Seguramente, jamás pensamos que ocurriría en América, una ciudad donde gobiernan los sentimientos de seguridad y "dulce hogar". Un pueblo donde se vive con la tranquilidad propia de su condición, solamente interrumpida por algún caso fortuito relacionado con lo delictivo.
 
El  sábado 4 de Noviembre hizo carne la reconocida frase: "a nosotros también nos puede pasar". Un incendio en la planta agropecuaria de Glencore, a las afueras de la ciudad, no sólo tuvo entre sus efectos el incendio voraz que consumió gran parte de sus depósitos allí dentro, sino que también las consecuencias se trasladaron al aire.. al tan querido "aire de pueblo", y luego por el arte físico de la decantación, vivirá por un tiempo, aunque involuntariamente y no se sabe cuánto, en la tierra.
 
Los funcionarios del gobierno municipal, al principio temerosos y sorprendidos por la magnitud de lo ocurrido, sumado al hecho de que ninguno de ellos conoce los daños efectivos que un ‘accidente’ de estas características puede causar, luego se mostraron con una rígida (y admirable) postura para enfrentar las avalanchas de comentarios críticos, apelando al sentido común del ‘¡por qué estaban los depósitos allí, tan cerca de la ciudad!’
 
Volátiles recuerdos aparecen de la escuela secundaria, donde azorados y preocupados, al mismo tiempo que excitados, por su intrínseca excepcionalidad (mezclada con un aire fantasioso), la profesora nos explicaba del desastre ocurrido en la ciudad de Chernóbil, allá por el año 1986. El principal argumento era la falta de responsabilidad en los técnicos, ya sea por el mero hecho de ser incapaces de prevenir dicho accidente fatal, de efectos catastróficos para toda Europa, sobrevenido por el mortal recorrido de la “nube verde” cargada de elementos tóxicos y radioactivos, o mismo por haber dejado que gases letales fueran almacenados y utilizados en cercanías de la población.
 
Ejemplos de casos similares abundan: dos años antes, en 1984 se produjo una fuga de pesticidas en la región de Bhopal (India), que arrasó silenciosamente y en la tenebrosidad de la noche, con aquellos vecinos cercanos que se encontraban pasivamente adormilados. El ‘desastre de Bhopal’ llevó inevitablemente al quiebre de la empresa Union Carbide. Y si continuamos, se podría citar el caso de Fukushima en 2011...
 
¿Qué medida de responsabilidad reside en los políticos, y por consiguiente en la población cómplice, en estos desastres? ¿Por qué no se aprende por simple experiencia (trágica)? Significaría una irresponsabilidad comparar estos siniestros mundiales, con miles de personas afectadas, que el ‘simple’ suceso ocurrido en América, una ciudad con producción a pequeña escala y muy escasos almacenamientos de productos tóxicos. De la misma manera, no causan el mismo daño la fuga o quema de pesticidas, que las de gases como dióxido de Uranio, carburo de Boro y otros participantes de los desastres químicos.
 
Sin embargo, existe una matriz común: América no escapa a su tiempo, a su contexto, a la época en que la técnica lo domina todo. Una era donde el hombre se siente pequeño, dominado por la capacidad destructiva de la técnica. En palabras de Ortega y Gasset, ensayista español, “una Edad donde la técnica gobierna al hombre, y no (como se cree y se quiere creer) el hombre gobierna a la técnica”. Esta última parece haber adquirido funcionamiento y vida propia, por fuera de los alcances humanos. ¿Por qué, sino, las autoridades y los periodistas tuvimos que llamar a ‘especialistas’ situados a kilómetros de distancia, para que nos explicasen lo que estaba sucediendo al frente de nuestros ojos? Así, no debería sorprendernos la posible conclusión futura: “no fue un error humano, fue un error técnico. Era inevitable que esto sucediera. Algo falló.”
 
En ese momento, es cuando la técnica es la victoriosa y se siente omnipotente, manipulando cual marionetas a los funcionarios de turno y los apáticos ciudadanos, que con desprecio y miedo, deben soportar de las ingobernables decisiones del destino.
El riesgo mayor y más urgente es el de no tomar conciencia de la peligrosidad latente en estas actividades. ¿La responsabilidad? De todos. ¿La época? Es quien ayuda y delimita el quehacer político, siempre más cercano a los intereses productivos, comerciales, y macroeconómicos (dar empleo a familias de la ciudad), que a los intereses medioambientales y a decisiones de mayor alcance ético y de bienestar social. 
 
Se hace evidente la incomodidad de los funcionarios políticos en esta situación, donde se debe optar por una u otra posición, que al parecer, ya comenzó con la clausura de depósitos de la empresa Glencore. Decisión que inevitablemente dejará disconforme al desechado.
 
*Habitante de América, estudiante de la carrera de Comunicación Social
 A nosotros también nos puede pasar...
 

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