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El Papa Francisco, tan cerca pero tan lejos Imprimir
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Viernes, 12 de Enero de 2018 10:02

Por Julio Bazán

 
El Sumo Pontífice llega a Sudamérica el lunes que viene. Ya visitó otros países de la región pero sigue sin pisar suelo argentino. ¿Por qué evita al país que lo vio nacer?
 
La visita que iniciará en unos días el papa Francisco a otros dos países limítrofes acentúa la frustración de los argentinos deseosos de recibirlo, porque a punto de cumplirse cinco años del inicio de su pontificado sigue eludiendo venir al país que lo vio nacer.
 
Las razones que adujo Francisco para explicar la postergación de su presencia aquí no satisfacen a aquellos argentinos que hace rato y en número considerable interpretan que si el Papa no viene no es porque no puede, sino porque no quiere.
 
Francisco iniciará el domingo 15 de enero una visita a Chile que se extenderá a Perú desde el 18 al 21 de este mes. Cuando faltan dos meses para que se cumplan cinco años desde que fue consagrado como el primer papa argentino, él ya había estado en otros tres países fronterizos: Brasil, Bolivia y Paraguay. Tan cerca pero tan lejos.
 
La ausencia de sonrisas en el adusto rostro papal en la foto de la primera visita presidencial que le hizo Mauricio Macri en febrero de 2016, provocó comentarios suspicaces sobre una hipotética animosidad de Francisco hacia el mandatario argentino, capaz de influir en la intención papal de venir a la Argentina.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Francisco recibió por primera vez a Mauricio Macri presidente y su esposa, Juliana Awada, el 27 de febrero de 2016, en el Vaticano.
 
Aunque en la segunda visita presidencial, en octubre de ese mismo año aparecieron las sonrisas, las especulaciones no cesaron. Como para demostrar que si la antipatía existía no era recíproca, el jefe de Gabinete Marcos Peña declaró en setiembre que una eventual llegada de Francisco sería "algo maravilloso para todos los argentinos" y que "nos encantaría tenerlo aquí".
 
La predisposición del Pontífice -manifestada en gestos y sonrisas- hacia la expresidenta Cristina Kirchner y otros dirigentes del gobierno que le demostraron animadversión durante años y lo desdeñaron tras su elección, molestó a los vastos sectores no kirchneristas de la sociedad que se habían alegrado por su proclamación.
 
La cercanía que demostró Francisco hacia exfuncionarios y dirigentes políticos y sindicales kirchneristas perseguidos por la Justicia por delitos de corrupción, recibiendo a los que todavía estaban libres como Omar "Caballo" Suárez, o enviando rosarios a los que cayeron presos, como Milagro Sala, fue inexplicable para muchos. Casi paradójicamente los que antes lo despreciaron pasaron casi a sobreactuar adhesión hacia él, y en cambio algunos que primero se habían enamorado demostraron desilusión, desengaño.
 
La interpretación coincidente o mayoritaria en medios eclesiásticos y políticos es que Francisco evita venir para no quedar en medio de las tensiones políticas provocadas por el enfrentamiento feroz entre los sectores más fanatizados en los que se polarizó la sociedad, fenómeno bautizado como la "grieta".
 
Apenas fue electo, Francisco enamoró a los romanos y al mundo con gestos de humildad y solidaridad. Conmovió cuando en Roma visitó y les lavó los pies a los presos en las cárceles, y cuando privilegió visitar a los pobres y sus representantes en las villas de Brasil o Paraguay. Pero la "grieta" determinó que su preocupación en la Argentina por los presos y los pobres organizados derivara en rechazos, críticas y hasta comentarios descalificatorios.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
La grieta impide discernir con claridad entre la índole espiritual y terrenal de la función del Papa. Como una arena movediza la grieta traga y sepulta la tolerancia y el raciocinio, indispensables para el diálogo constructivo. Y entonces existe la posibilidad de que Francisco tema que si viene ahora, su eventual mensaje de unidad y paz caiga en oídos sordos a verdades y razones que no sean las propias de los que están en una u otra margen de la agrietada piel social.
 
La misión del Papa es eminentemente espiritual, pero su influencia universal le depara un cometido terrenal que puede ser decisivo. Los pontífices también hacen política. En 1978, a tres meses de ser electo, el papa Juan Pablo II intervino y logró evitar la guerra entre Argentina y Chile por el conflicto del Beagle, cuando las tropas de los dos países gobernados por dictadores ya estaban desplegadas en la cordillera.
 
La perspectiva de que la presencia de Francisco en vez de cerrar la grieta la exacerbe no puede descartarse, pero la Argentina lo espera y lo necesita para que lo intente. Los Papas sólo tienen infabilidad en asuntos del dogma, y en la Argentina hay quienes piensan que Francisco perdió la imparcialidad. Pero son muchos los convencidos de que es el único que por su ascendiente espiritual puede intentar que los argentinos reencuentren la reconciliación y la paz.
 
Los padres quieren a todos los hijos por igual, pero para evitar celos tienen que convencer a todos sus hijos, con gestos y palabras amorosos, de que no tienen preferencia por unos u otros. Haría bien pensar que Francisco todavía está a tiempo, y que si acierta el momento preciso para venir y halla las palabras sanadoras, puede tener éxito, si los argentinos se predisponen sinceramente a desarmar sus espíritus.
    El Papa Francisco, tan cerca pero tan lejos
 

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