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Sábado, 28 de Julio de 2018 08:02
Por Luciano Federico Lasserre *
 
Hagamos un breve ejercicio reflexivo. Pensemos con cuántas personas hemos hablado del tema de nuestra muerte, un suceso irremediable, y uno de los pocos temas que no ha sabido darle una solución la técnica moderna. Esto es, no se ha creado pastilla alguna (por ahora), para evitarla. 
 
Pues, prosigamos con el ejercicio. ¿Con quiénes hemos hablado de ello? Sería más efectiva una pregunta similar. ¿Acaso lo hemos hablado con nosotros mismos? ¿Lo hemos charlado con nuestro “espíritu” o lo que quiera que fuese? El hecho de estar yo ahora, escribiendo una nota de muerte para un medio de comunicación, es algo que podríamos calificarlo de “anormal”. Es que efectivamente es así, la muerte en la sociedad actual es considerada un tema tabú. 
 
Como ciudadano de América, en numerables ocasiones me he preguntado del <por qué> el cementerio está allí puesto, y no en otro lugar. Al fin y al cabo, nunca me satisficieron las rápidas respuestas que citan al azar afirmando “está ahí porque sí, pudiera haber estado en cualquier otro lugar”. Debe haber algún sentido de su localización. Y efectivamente, por detrás, existen un sinfín de razones y maneras de ver la muerte que influyeron en la decisión de que el cementerio se encuentre alejado de la ciudad (hoy en día, ha quedado cercado por barrios, mucho más cercano que al momento de fundada la ciudad). 
 
Es sabido que el fundar un pueblo requería ciertas edificaciones estrictamente necesarias para la nueva población: una estación de ferrocarril que posibilite el tráfico de mercancías y personas; un “centro” determinado por una plaza; una Iglesia normalmente en frente de dicha plaza; y un cementerio. Este último tenía que estar lo más alejado posible del mundo de los vivos. De hecho, Alberto Orga me contó en una charla sobre el cementerio, que décadas atrás, cuando el pueblo aún era pueblo, los niños curiosos que quisieran conocer el cementerio de América, debían recorrer varios kilómetros de calle de tierra en sus bicicletas hasta llegar a la puerta de entrada. Sobre todo en los pueblos, se puede observar una determinada manera de ver la muerte: separar geográficamente el mundo de los vivos y el de los muertos.
 
De la misma manera, la sala velatoria de nuestra ciudad surgió al calor de la transformación económica y social de América: ya no se concebía como “normal” despedir al difunto en la casa de toda su vida. Ahora era necesario un lugar aparte, privado, separado de su anterior hogar. El “velorio” se convertía así en el nuevo lugar por excelencia para despedir al difunto. Este nuevo lugar supone ciertas maneras de comportarse como “normales” y otras como “inapropiadas”, como bien lo demuestra Conducta en los velorios de Julio Cortázar. 
 
Es así que si usted pasa por el velorio de América al momento en que se está despidiendo a un difunto, le recomiendo que no toque bocina: lo mirarán de mal manera. Tampoco es bien visto que los chicos jueguen al fútbol en la calle Alsina, cuando es en realidad momento de estar callados y no hacer mucho ruido, dejando entristecer tranquilos a los familiares y amigos del fallecido. Algo curioso y que rompe en cierto sentido las reglas de comportamiento en tales circunstancias, es el pasar por la sala y observar de manera insospechada y grotesca, la placa colgada afuera, al lado de la puerta de ingreso a la sala, que contiene la inscripción de aquel a quien se despide. Queda usted como chismoso, más allá de que ha obtenido una valiosa información que inmediatamente compartirá con conocidos.
 
No obstante, ahora es turno de hablar sobre las características de la muerte “pública” en América, que sin duda se podría extrapolar a otros pueblos semejantes. Las presentaré a través de dos simples ejemplos que todos hemos experimentado: observar en el televisor, a través de un un noticiero de la ciudad, la información de alguien que ha fallecido: su nombre, la edad que tenía, y la sala en la cual se velarán sus restos. El siguiente fenómeno es el de la caravana pública, donde se ‘siguen’ los restos del difunto hasta el cementerio, que se visualiza en una larga procesión de autos.
 
En primer lugar, se podría afirmar que es una muerte mediatizada. ¿Qué supone esto? La muerte vista a través del televisor supone un alejamiento del acontecimiento. Es todo lo contrario a presenciar una muerte in situm, a padecerla en contacto directo con el fallecido o sus familiares. Es decir, a pesar de todo, no dejan de ser inscripciones que nos aparecen en un cubo cuadrado, mientras tomamos un mate y comemos torta, exclamamos: <¡Viste quién murió! El hijo de… que vivía ahí enfrente de…> Y luego nos levantamos sin más, a calentar el agua del mate que ya se ha enfriado.
 
En segundo lugar, vivimos en la llamada “sociedad de la información”, en la que estamos obligados a conocer todos los detalles de la vida en el pueblo: desde los ‘chusmeríos’, pasando por los robos o incidentes viales de los últimos días, hasta el saber quién ha muerto. ¿Y por qué digo que estamos obligados a saber quién muere? Porque efectivamente es un conocimiento extremadamente valorado en las relaciones sociales y las reuniones entre familiares o amigos. Si te juntás a tomar mates o pasás a visitar a algún conocido, todos sabemos el poder que otorga la información sobre los nuevos acontecimientos públicos del pueblo. Ni hablar de si conocés a una pareja que no se comporta como tal, donde alguien “caga” al otro. 
 
Es tal el poder, que un mínimo ejemplo cotidiano lo demuestra: le decís a tu amigo que tenés algo nuevo, fresco, muy importante para contarle. Inmediatamente ese amigo te preguntará si es tal cosa o tal otra, que él también ya sabe o le han contado, Vos procedés a decirle que no, que seguramente no lo sabe, que es algo excesivamente ‘nuevo’. Entonces allí tu amigo te suplicará que le cuentes, te jurará fidelidad para toda tu vida.
 
Ahora charlemos sobre otra característica de vivir la muerte en el pueblo y por supuesto en América: ¿por qué cuando alguien muere, se organiza una caravana por la ciudad a modo de procesión, mayormente de autos, detrás del coche fúnebre? ¿Será una metáfora de que todos seguiremos el mismo camino, en algún momento de la historia, que el del difunto?
 
Aquí también me permito una breve observación personal del sentido de ello. En primer lugar, se trata del último viaje del difunto. Es por esto que sus familiares, conocidos o amigos, tienen el deseo de acompañarlo, de seguir juntos su último trayecto. En otras palabras, que el difunto no se sienta solo realizando aquel melancólico viaje. En segundo lugar, creo que las palabras “procesión” y “caravana” no significan lo mismo. Mientras que la primera tiene una connotación de mayor índole religiosa y autocomplacencia, la segunda refleja una intención de publicidad, en el sentido de que la “caravana” es indisociable de lo público, de que ella sea pública. De hecho no existe “caravana” privada. Por lo tanto, la realizada mientras se persigue el coche fúnebre, adquiere el sentido cuando es vista por los demás: el resto del pueblo que la observa y que entonces dice: “ah, sí, es porque murió…” y muchos se asoman a puertas y ventanas para observarla.
 
Siempre me he preguntado: ¿qué pasará cuando se inviertan los roles, como en Axolotl del maestro Cortázar, y en ese auto largo y opaco, el cuerpo transportado sea el mío y las miradas me resulten ajenas y ya no me pertenezcan? Por suerte, siempre la muerte será la del Otro, nunca presenciaremos la nuestra, por lo tanto no tendré vista para ver aquellas miradas.
 
*Estudiante de Periodismo 
 
 
Sobre la muerte en América
 

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