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"Te ampollás, te cansás, te pasan cosas, pero siempre seguís": historias del peregrinaje católico a Luján Imprimir
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Domingo, 07 de Octubre de 2018 10:06
Por Fernando Soriano
 
Cientos de personas caminan de Liniers a Luján bajo el lema "Unirnos como hermanos"
 
La fe mueve piernas. Jóvenes, ancianas, chuecas, rengas. Piernas de mujeres y de hombres impulsadas y a la vez atraídas por una creencia o el amor al símbolo. Detrás de la Vírgen María, bajo el sol primaveral de Buenos Aires, miles de personas activaron sus cuerpos arrastradas por el motor de su fe: un sacrificio personal de 58,8 kilómetros que une cada año desde hace 44 a la iglesia de San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers, con la basílica de la ciudad bonaerense de Luján. Paz, pan y trabajo.
 
Los peregrinos comenzaron a marchar este sábado temprano, pero al mediodía partió la mayoría de los fieles como custodia de la "imagen cabecera" de María, o la Virgen de Luján, vestida con el manto de los colores argentinos.
 
No es una celebración exclusivamente porteña. Como cada año, llegaron creyentes de todo el país (Gualeguaychú, Mar del Plata, La Pampa, Neuquén, de los barrios del conurbano). Algunos lo hacen agrupados o distinguidos con pecheras de colores especiales, banderas de sus provincias e incluso prendas confeccionadas para la ocasión, como la de Angélica Almirón (55) y su familia: una remera de estilo "runner" pero con la imagen de la Virgen en el pecho y la leyenda "Madre danos fuerza".
 
¿Qué mueve la voluntad de los católicos desde hace miles de años? Las peregrinaciones nacieron en los primeros siglos post Cristo. Las primeras fueron en Nazareth y en Roma. La de Luján es una costumbre moderna, tiene apenas 44 años. Pero la búsqueda es esencialmente la misma: reafirmar el espíritu a través de la palabra de su Dios.
 
Angélica hace 21 años que, de manera ininterrumpida, marcha de Liniers a Luján. Formoseña que vive en Florencio Varela, dice que su fe le cambió la vida. Gracias a la impuntualidad de su hijo, la edición 2018 le regaló a esta mujer la posibilidad de ver por primera vez la imagen de la Virgen. "Sentí mucha emoción", comenta, con un pañuelo celeste atado a su cuello.
 
"El primer año fui porque me invitó mi sobrino. Empecé a caminar y no paré más. Hay que vivirlo, es difícil de explicar. Se siente emoción y felicidad. No te cansás. El sentido de hacerlo es darle gracias (a la Virgen) porque nos ilumina", explica y aclara que ella no entrenó para recorrer los 60 kilómetros.
 
"No me preparé. Mi fe me prepara. Mentalmente sí empiezo un mes antes. Nos lleva la fe, mirá que mi marido es bastante gordito", bromea Almirón y confiesa: "Voy a Luján a agradecer. Y voy a pedir trabajo, que por la situación económica mi hijo perdió todo. Con Macri los negocios chicos están desapareciendo. Y a él le fue muy mal. Voy a pedir para él. Y no hay que bajar los brazos. Estamos en manos de Dios y la Virgen".
 
Agradecer y pedir, en ese orden, aparecen como las prioridades entre los caminantes. Pero para esta edición los organizadores además instalaron el lema "Madre, danos fuerza para unirnos como hermanos". Y Monseñor Ojea invitó a la comunidad religiosa a "rezar por la falta de trabajo y la situación del país".
 
Sebastián Aguirre tiene 31 años y esta es la décima vez que viaja a Buenos Aires (antes lo hacía desde Iguazú, en Misiones, y desde hace cuatro años, Córdoba). "La primera vez vine por una promesa, que era mejorar situaciones personales laborales. Y eso me quedó y hasta que no me falte una pierna lo voy a hacer", cuenta el joven, que por primera vez lo hace acompañado de su amigo Gabriel Fedinich (28) quien debuta en la experiencia.
 
Planean una caminata que durará entre diez y 12 horas, hacer paradas para comer y juntar energías. "El pedido del Papa fue pedir por la unión de los argentinos como hermanos. Esto es un apostolado, agradecer y pedir", comenta Gabriel.
 
Juan Pablo Martinolich tiene 41 años, es seminarista (es decir, se prepara para convertirse en sacerdote) de Gualeguaychú, Entre Ríos, y también este es su debut en la célebre caminata a Luján. "Llegaré a la hora que sea con la fuerza que Dios me dé", dice un poco intimidado por el periplo.
 
"Este año la Virgen nos pide unirnos como hermanos. Venimos a darle gracias y pedirle que nos una, por el país que somos. Hace falta unidad, no solo por la situación económica. Para unirnos los que estamos a favor de la vida y los que no están a favor. Los de Boca y los de River. Para crecer como personas y como país. Para que podamos saludarnos y abrazarnos con diferentes opiniones", comenta Martinolich, mientras come un turrón de maní que reparte gratis el Gobierno porteño en un gazebo, donde también regalaron agua mineral y unos poco nutritivos alfajores.
 
De La Pampa llegó un grupo de 20 personas que la noche del viernes se instaló en un hotel de Luján y luego viajó en combi hasta Liniers para volver a la basílica a pie, como todos los demás. En el suelo del atrio de San Cayetano, Mariana Sosa (51 años, de Santa Rosa) se prepara los pies. Parches plantales, cintas antialérgicas entre los dedos y vaselina para evitar las ampollas que igual van a aparecer.
 
Mariana llegó junto a Ignacio, su papá, a punto de cumplir 76 años. "Este es el último año que lo hago porque es muy cansador", comenta el hombre pero su hija lo interrumpe: "Siempre dice lo mismo y después lo convencemos".
 
"La fe es creer sin ver. Venimos al santuario de nuestra madre a agradecer. Pero la vida es un peregrinar", agrega Mariana, quien antes de comenzar la marcha entona una canción junto a su papá y sus compañeras de viaje: "Mandarina, mandarina, mandarina y cebolla, llegaremos a Luján aunque nos salgan ampollas".
 
La multitud llegará a Luján para presenciar la misa de las 7 de la mañana del domingo que dará Mario Poli, arzobispo de la Arquidiócesis de Buenos Aires. Algunos retrasados probablemente aparezcan en Luján más tarde. Pero todos llevarán consigo la misma devoción.
Julio y Milagros, padre e hija 
 
Igual que Julio Merollas (62) y su hija Milagros (22). Llegaron de Brandsen en colectivo y caminarán hasta la Basílica. El hombre hace la caminata por octavo año consecutivo. Para su hija es la primera oportunidad. Lo hace, cuenta, para cumplir con una promesa que no quiere revelar.
 
Los ojos de su padre, bajo la sombra de la visera de una gorra blanca, se emocionan. "Esto algo es hermoso. Si bien soy católico y creo en Dios y en la Virgen el viaje tiene cosas hermosas. Cosas que te pasan. Te ampollás. Te cansás. Y siempre seguís. Eso es la fe", asegura mientras encara por la avenida Rivadavia el largo sacrificio del brazo de Milagros
 
 
 

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