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Comprar facturas en el pueblo es Arte. Imprimir
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Jueves, 28 de Marzo de 2019 08:01
Por Luciano Laserre*
 
Desde chiquito se va aprendiendo el oficio. Al principio, como aprendiz, hasta los 12 o 13 años, vas incorporando los saberes: en qué lugar se compran, en qué horarios; y las empleadas también te conocen a vos: -¿De qué familia sos nene? A lo que le sigue una enmarañada explicación de la procedencia de tu familia. Que sos hijo detales, que luego se separaron, que tu abuela es…
 
...-TU ABUELA ES…??? ¡PEEEEEERO SI, SI A USTEDES LOS CONOZCO DESDE QUE ERAN CHICOS!
 
Por poco la compra de la docena de medialunas se va transformando en un discurso obstétrico de la forma en que tus padres te concibieron, la clínica, la hora, y el algodón que usó tu mamá para secarte de una vez ese maldito cordón umbilical que no se quería caer.
 
No obstante, no siempre se llega a esa sesión psicoanalista de preguntas y respuestas: muchas veces la panadería está cerrada. Es entonces cuando entran en juego los malditos carteles en la puerta. Algunos son secos, como escritos en el apuro y con la primer lapicera que el dueño
vio a mano. Ya vuelvo,  La reacción instintiva a ese cartel es mirar hacia dentro del local: ¿se ve alguien? ¿Se habrá ido hace mucho? Afloran pensamientos locos, relaciones de ideas, ecuaciones matemáticas, suposiciones fundadas en vaya a saber qué, hasta que se te ocurre: <Ah, hoy al ser lunes, capas fue al banco. Te sentís algo así como el Sherlock Holmes de los panaderos. No faltan expertos que miran al picaporte como intentando observar alguna clase de vibración que pudiera ser analizable en forma de tiempo transcurrido entre la cerrada de puerta y el momento presente.
 
En ese momento, preso ya de la impaciencia y el hambre, es difícil aguantarse las ganas de gritarle a la manija de metal si fue hace cinco minutos o media hora que se fue el tipo que estaba adentro vendiendo las facturas.
 
Existe también otro cartel que podríamos afirmar sin lugar a dudas que sólo tiene eficacia en un pueblo, y que pocos clientes lo han presenciado (por suerte, sino significaría que el pueblo se está reduciendo aún más y llegaría a ser “pueblito”). Es aquel en cuya inscripción se lee:Cerrado por duelo.
 
El que iba a ser cliente se transforma automáticamente en testigo de la muerte. Y peor aún, de un muerto que seguramente es un otro conocido: en el pueblo todos se conocen, aún cuando sólo sea oralmente conocido por su apellido. Y dónde vivía. Y qué hacía. Y cuántos años tenía.
 
¿De qué murió? La compra de facturas ahora es relegada a un segundo plano y se intenta por cualquier medio establecer la identidad del cadáver al que se refiere el cartel.
 
Sin embargo, las técnicas del experto no se agotan únicamente en evitar preguntas ridículas, en intentos vanos de charlar con picaportes, ni tampoco en deducciones sobre los mandados del panadero. Existe en el pueblo una última alternativa, que causa excitación al momento de
llevarla a la práctica: la pregunta hacia algún vecino que se encuentra por allí.
 
-¿Sabe si salió hace mucho?
 
Es curioso: tener que llegar a ese extremo conlleva un repentino ataque de adrenalina. Como aquel que disfruta observando el inmenso abismo desde el borde de un precipicio. Sabe que está allí y en cualquier momento puede caer, y pasará a ser polvo, materia. La adversidad atrae
desde el principio de los siglos, e históricamente fue quien ha provocado grandes cambios y acciones maravillosas de las gentes. Es sólo por eso, sólo por eso, que la necesidad de facturas en América o en cualquier pueblo de Rivadavia, lleva a diálogos entre personas que hasta el día
anterior se odiaban frenéticamente.
 
-Hol…..hola, Marta, perdoná que te joda, ¿sabés si el dueño salió hace poco de la panadería?
-Qué me venís a hablar ahora, muerto de hambre.
 
Otro punto de debate que involucra a panaderos y clientes, a Oferta y Demanda, es el término más polémico de la historia de la panadería: “surtidas”. Precedido comúnmente por una frase que contiene: el verbo “dame”; el adjetivo numérico “una docena”; y el sustantivo “facturas”
(también se puede encontrar este último como “lunas”). Hay clientes que creen que al pronunciar “surtida”, el dueño o dueña de la panadería inmediatamente calculará en su cabeza cuáles son las facturas que no se venden y están hace más tiempo en la bandeja rectangular de aluminio, y las meterá como acto reflejo, ayudado por su pinza pegajosa de masa y dulce, en la bolsita de cartón. Quiero decir, que los van a cagar.
 
Hay otro subgrupo de clientes, más acertadamente llamados “clientitos” y “clientitas”, porque son mayormente niños con necesidad de sacarse el peso de encima del mandado de mamá o de la abuela que los mandó, obligados y sin ánimos de cadetería (en los casos de mayor suerte,
el ánimo mejora si hay perspectivas de quedarse con el vuelto de la compra), que sí utilizan y con mucha frecuencia aquel término polémico. 
 
Entran a la panadería despacito, con aire tímido:
-Necesito una docena de facturas por favor.
 
La empleada mira al chiquitín con cara compasiva y le responde amablemente:
-Sí, decime…
 
Dando el pie para que el niño proceda a enumerar los gustos a llevar. Sin embargo, extenuado ya por el tremendo viaje hasta la panadería (un par de cuadras en un pueblo de 25 de largo por 15 de ancho), el aún aprendiz contesta, exhalando aire pesado de bronca:
-.........surtidas.
 
Seguidamente, a la vuelta a su casa, al pequeño lo recibirán los gritos familiares culpándolo de tener que comer esos horribles gustos de crema de banana y sólo masa con azúcar arriba. Le dirán que lo cagaron. Y él les contestará vengativamente:
-Hubiesen ido ustedes.
 
Todavía queda por debatir una variable esencial en este Arte: se debe tener un “timing” para hacer las compras. Y no es moco de pavo. Aquí conviene destacar que hay dos horarios en las panaderías pueblerinas. Sí, dos. Así como existe el dólar oficial y el dólar blue, se encuentran
también el “horario oficial” y el “horario blue”. El horario oficial de las panaderías es aquel que corre para todos los comercios: normalmente de 8 a 12; siesta en el medio; y continúa mansamente de 16 a 20. Pero este no es el verdadero horario. Que esté abierto para aquello no necesariamente implica que tenga aquello. 
 
Hay algunas en que a las 10 de la mañana ya no les queda nada: como si se tratase de un país en crisis y con extrema necesidad de hambre esparcido por toda la población, el pueblo pareciera haber saqueado aquella panadería en la primera mañana. Como la letra en las canciones de amor: ya no queda nada. Nada de nada. Al respecto, circula en el pueblo una especie de teoría sociológica de que el desabastecimiento fue llevado a cabo por los peones de los campos, que arrancan temprano su jornada, y no pudieron resistirse a los vigilantes y medialunas de grasa.
Tristemente suele ocurrir en muchas ocasiones. Y uno se encuentra allí: yace dentro del local, invadido por el aroma que surge de los hornos, y ya no es dueño de sus propios pensamientos y palabras. Cuando el hambre ha llegado al cerebro, y al habla, al punto de no poder distinguir
a lo lejos cuál de los canastos con panes contiene mignon y cuál flauta, sucede lo siguiente.
 
-Y bueno, llevate una cremona.
 
Estás en trance hambriento mientras escuchás aquellas palabras de la panadera. Y sucede que te la llevás. Porque antes que un fanático de las facturas, sos un fundamentalista de la harina horneada.
 
El domingo es el día más desastroso para los artesanos de la compra panadera. Los expertos de este Arte a duras penas pueden llevar adelante su oficio sin problemas. Como los pilotos de Fórmula 1 cuando llueve, a pesar de su experiencia y capacidad natural para el manejo de
situaciones adversas, es probable que fallen en algunas maniobras y terminen pidiendo “surtidas” en vez de las tortitas negras o cañoncitos con dulce de leche. No les queda alternativa: en este último día de la semana, se suelen armas filas en las puertas de las panaderías, así como los fieles asisten en fila india a recibir la eucaristía. Ambos, fieles católicos y harinescos, pagan al momento de llegar al frente y recibir su recompensa: unos pagan con liberación de pecados, otros con horas trabajadas. Mientras que los primeros la reciben con un “amén”, los segundos también agachan la cabeza y sentencian:
-…….surtidas.
 
*Estudiante de la Carrera de Comunicación
  Comprar facturas en el pueblo es Arte.
 

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