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Franco Davín, el perspicaz creador de campeones Imprimir
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Sábado, 27 de Abril de 2019 15:04
A José María Davin, Cacho, el dueño de una tienda de ropa y telas en Pehuajó, se le ocurrió que era buena idea obsequiarle a Franco, su único hijo varón, una moto. Pero el chico tenía apenas diez años y desde hacía dos veranos estaba enloquecido con el tenis. 
 
Una tarde de 1980, mientras regresaban a esa porción del noroeste bonaerense -y a 365 kilómetros del centro porteño- después de un torneo, padre e hijo se detuvieron en una agencia de Carlos Casares, 58 kilómetros antes de llegar a Pehuajó. Para sorpresa del chico, Cacho compró la motito, una Honda Monkey Z50 de 50cc (que aún hoy funciona), y la cargó en la parte trasera del auto. Flaquito, de pelo lacio rubio y zurdo, Franco había empuñado su primera raqueta durante una colonia de vacaciones, en el Club Estudiantes Unidos; desde ese momento había aprendido a jugar muy rápido. Carlos González, el primer profesor de tenis del chico, se alarmó al verlo llegar al club sobre ruedas. 
 
"No me gustó. Pensé que se iba a enviciar y estar todo el día arriba de la máquina, quitándole atención a la raqueta. En ese momento, una motito era como tener un helicóptero o subirse a un drone", sonríe González. Sin embargo, el joven de buena técnica que empuñaba una Wilson Jack Kramer de madera, no se desenfocó, al contrario. En los días de lluvia, inclusive, a su profe le pedía trasladar la práctica de tenis a la cancha techada de pelota paleta de otro club del barrio, el Atlético.
 
El zurdo Davín, de adolescente ya se destacaba por su técnica. “Era competitivo, Franquito. Y muy inteligente dentro de la cancha. No era de enojarse; tenía disciplina", rememora su maestro tenístico en la tierra que, en buena parte, popularizó María Elena Walsh con su canción sobre la tortuga Manuelita.
 
Ganador provincial en Tandil a los nueve años; campeón Nacional en Mendoza a los diez (en una categoría Sub 12); vencedor en el Sudamericano Sub 12 en Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires; victorioso en el Campeonato Mundial Sub 12 en Mónaco..., el crecimiento acelerado de Davín lo llevó a romper marcas de precocidad. 
 
Su formación, desde los catorce años en la escuela tandilense de Raúl Pérez Roldán y los viajes por el mundo siendo parte de una generación integrada, entre otros, por Gabriela Sabatini, Guillermo y Mariana Pérez Roldán, Mercedes Paz y Patricia Tarabini, terminaron de potenciarlo. Es más: jugó su primer partido grande en el República de 1985, con quince años y un mes, y se presentó en el Buenos Aires Lawn Tennis Club derrotando a un rival con trayectoria, como el chileno Hans Gildemeister, 64º del tour y de 29 años.
 
Tres títulos ATP, 30º del mundo en 1990, cuarto finalista en Roland Garros 1991 (entrenado por Tony Pena), logró victorias frente a Boris Becker, Andre Agassi, Mats Wilander y Goran Ivanisevic, entre otros. Pudo haber derrotado a John McEnroe en Roma 1987, pero le cortaron la luz del court central cuando se imponía por 6-3 y 2-1. "Me la cortaron a propósito, sí. Algunos años después me lo confirmó Sergio Palmieri, que era manager de McEnroe y tenía mucho peso en el Abierto de Italia", confiesa Davín. Big Mac, en ese momento Nº 8 (ya había sido 1º), visitaba el Foro Itálico por primera vez y nada debía perturbar la fiesta organizada a su alrededor. Mucho menos el 98º del circuito, como era Davín. Tras la maliciosa interrupción, el neoyorquino ganó por 3-6, 6-2 y 6-3.
 
Los problemas físicos (sobre todo en el hombro izquierdo) lo empujaron a un prematuro retiro, a los 27 años. Pero, lejos de mortificarse, Davín puso en marcha la vocación que internamente venía gestando y que lo encumbraría: la de entrenador y conductor de equipos. Una experiencia en 1998 en la Fed Cup y la capitanía de la Copa Davis (con el ascenso al Grupo Mundial, en 2001, incluido) lo pusieron en órbita. Guillermo Coria fue su primer pupilo individual. El segundo, Gastón Gaudio, una de sus obras maestras: el Gato terminaría ganando Roland Garros 2004.
 
 Claro que con Juan Martín del Potro se perfeccionó todavía más. Desde febrero de 2008 a julio de 2015, Davín fue mucho más que el entrenador del tandilense: terminó de pulirle la empuñadura del poderoso drive, lo ordenó para alcanzar la cima en el US Open 2009 y lo acompañó en los momentos más angustiantes, durante las numerosas cirugías de muñeca en una fría clínica de Minnesota. Una corta experiencia con el búlgaro Grigor Dimitrov. Y, de nuevo, una espinosa tarea: conseguir que el italiano Fabio Fognini dominara los demonios y liberara su talento. El título de Fogna en Montecarlo, el domingo pasado, volvió a clasificar a Davín como un verdadero creador de campeones, único entrenador nacional con dos trofeos de Grand Slam.
 
"Al entrenador que le dice a los chicos que dejen el colegio habría que denunciarlo", sentencia Davín. "No me caso con ningún método", agrega, a los 49 años. Disfruta escuchando a Julio Velasco. Admira a Gregg Popovich (Spurs), pero sobre todo a Pat Riley, el coach de la NBA que ganó títulos con Los Ángeles y Miami. En un deporte individual, acostumbra trabajar en equipo: confía en las piezas del grupo, en el preparador físico, el psicólogo, el kinesiólogo. "Tiene la humildad de preguntar y aprender como si fuera un principiante. Está siempre atento y con disciplina", describe Marcelo Albamonte, entrenador y especialista en matemática deportiva. "Cuando le doy una indicación a un jugador lo hago apoyado con una explicación, con un por qué. Le digo: 'Si no estás de acuerdo, decime porqué y lo analizamos'. Soy abierto. En una discusión de estrategias, he llegado a decirle a mi jugador que buscara la opinión de otro entrenador, sin problemas", argumenta el pehuajense, seguro de sí mismo.
 
Radicado en Miami, casado con Mariana, papá de Juana (17) e Ignacio (12), Davín dice que la de junior es la etapa más genuina. La de jugador profesional no la saboreó tanto como hubiera querido. Pero como coach volvió a disfrutar. "¿Cuál es mi secreto? Ir con la verdad. Eso el jugador lo valora. Hay mucha mentira. Y después, algo vital: el análisis del jugador, saber para qué está. Y ahí, a empezar. A veces el jugador te responde, en otras no. Pero no conozco ninguno al que no le guste ganar"; cierra la nota de La Nación.
 
Franco Davín, el perspicaz creador de campeones
 

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