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Los venezolanos coparon la Costa para trabajar de vendedores ambulantes, mozos y tarjeteros Imprimir
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Jueves, 10 de Enero de 2019 11:02
En Mar del Plata ya son la primera comunidad extranjera. Sólo en el último año llegaron casi tres mil venezolanos.
 
Atienden los comercios, son los mozos en los restaurantes, tarjeteros de boliches y preparan tortas que luego venden a orillas del mar. Los venezolanos llegaron a la Argentina escapando de la crisis en su país y con el tiempo se ramificaron por todo el territorio nacional. Muchos llegaron a la Costa Atlántica y en Mar del Plata, por ejemplo, hoy son la primera comunidad extranjera en esta ciudad.
 
Yelitza Romero tiene 45 años y es abogada, pero desde que llegó a Mar del Plata hace tres meses camina 80 cuadras todos los días para vender las tortas venezolanas que hornea durante horas en su casa. De zanahoria, zapallo, mandioca, coco, choclo, la mujer cuenta que a los argentinos les encanta porque son sabores nuevos. Su carro en el que lleva los productos sale lleno y casi siempre vuelve vacío.
 
“Vine aquí por mi hija, ella tiene 18 años y buscamos un futuro mejor. En Venezuela no podíamos vivir más y este país nos recibió de la mejor manera. Los marplatenses nos invitan a sus casas, nos tratan muy bien y ya no sabemos cómo devolver tanto amor. La plata que junto me alcanza para estar bien aquí y también para mandar a nuestra familia que quedó allí”, cuenta ahí cerquita de La Rambla y los lobos marinos.
 
Los delata la tonada y la ‘buena onda’. La sonrisa nunca falta, a pesar de todo. Así atiende Ibrahim en el local de ropa de Camarón Brujo: “El desarraigo y la nostalgia te pega fuerte, pero los argentinos nos dan una mano enorme que nosotros devolvemos con ganas de trabajar y esforzarnos día a día".
 
"Mar del Plata es tranquila, pero a la vez es una ciudad con mucho para hacer", dice Oraida Guzman, técnica en informática que en su país administraba un centro odontológico y que acá trabaja cuidando personas mayores. “Duele dejar tus cosas y todo lo que lograste en tantos años. Tuve que empezar de cero y aquí encontré el lugar ideal para hacerlo”, relata la mujer que viajó junto a su hijo de 15 años y que es una de las administradoras del grupo de Facebook “Venezolanos en Mar del Plata”.
 
Venezolana Oraida Guzman. Foto: Fabián Gastiarena
 
Oraida llegó hace tres años y dice que el clima le encanta, aunque admite que al principio el frío la descolocó: “En invierno es duro, si lo comparo con el clima tropical del estado de Aragua, donde vivíamos. Pero con el tiempo me acostumbré y no tengo problemas. Mi plan es quedarme aquí por mucho tiempo”. Su hijo estudia programación y dice que le va muy bien y que ya tiene muchos amigos: “Todo lo hice por él”.
 
Los venezolanos que viven en la costa todavía están en pleno proceso de organización. No tienen fechas específicas para reuniones (como sí ocurre en Buenos Aires y en otras provincias), no hay un bar donde se junten ni actividades especiales. Están en pleno crecimiento y en La Feliz ya son la primera comunidad extranjera que vive. Lo dicen desde la Dirección Nacional de Migraciones. En el último año 2.945 personas solicitaron el trámite de residencia y calculan que viven ya más de 7 mil, lo que equivale a la capacidad completa de la platea cubierta del estadio mundialista José María Minella.
 
Olga Ibarra es la titular de la delegación marplatense de migraciones. Dice que el crecimiento de los venezolanos es enorme: “Son ingenieros, médicos, abogados y arquitectos. Algunos llegan asustados, con temor. Vienen a pedir cobijo y trabajo, un futuro mejor para ellos y sus familias. Vienen también con mucha humildad, tanta que muchos esperan hasta el final del día para darnos un abrazo y agradecer. Nosotros somos la tarjeta de presentación de la ciudad”.
 
“Chévere”, responde Juan Manuel Niño ante la pregunta de cómo viene su temporada de trabajo en Pinamar. “Muy chévere. En la costa encontré trabajo más rápidamente que en Buenos Aires”. Tiene 30 años, es ingeniero industrial, y llegó hace tres meses a la Argentina desde Venezuela. Hace dos meses que vive en esta ciudad costera, en la que comparte departamento con compañeros de la heladería en la que trabaja.
 
Venezolano de Pinamar Juan Niño. Foto: Andres D'Elia
 
“Se va armando una comunidad de compatriotas aquí en Pinamar. Hay al menos unos treinta que trabajan aquí”, sostiene Juan Manuel. Llegó desde la ciudad venezolana de Valencia: viajó en micro desde allí hasta la frontera con Brasil, tomó un avión hasta Porto Alegre y, veinte horas de micro después, hizo pie en Buenos Aires. “Fue duro adaptarse al frío, ahora que vino el verano se me da mejor. Pero aquí es más fácil que en otros países tramitar la documentación y no ser discriminados”, cuenta. Cuando termine los trámites para validar su título universitario, buscará trabajo como ingeniero.
 
“Vine a la Costa porque apareció esta oportunidad y en Buenos Aires estaba costando más conseguir empleo”, explica Juan Manuel. Trabaja seis horas por día y, si es un día de mucha demanda, le extienden el horario. “Esas horas extra son a lo que vinimos, a hacer un poco de plata”, sostiene. Desde que llegó, mandó entre 5.000 y 6.000 pesos mensuales a su familia: “Alcanza para un mercado mensual para mi mamá, mi papá y mi hermano, y para la universidad de mi hermano”, describe. Todos los días hablan por videollamada. “Los extraño, lo más difícil de estar lejos es dejar a la familia”, cuenta.
 
venezolano  Juan Castillo. Foto: Andres D'Elia
 
Juan Castillo, de 21 años, llegó desde Maracaibo a Buenos Aires hace dos años. “No vine huyendo de la situación económica y política, sino buscando experiencias en culturas y países distintos. Pero las cosas se fueron complicando en mi país”, describe. Hace siete meses, su mamá y su hermanita viajaron a Buenos Aires para instalarse en Argentina: Juan les mandó plata para el pasaje.
 
“Vi un anuncio en Internet en el que se pedían empleados para una cafetería en verano en Pinamar y me presenté. Me tomaron y aquí estoy”, cuenta. Trabaja y vive en el centro de Pinamar.
 
No estaba en sus planes irse de Buenos Aires: “Pero la fiambrería en la que trabajé un año y medio cerró porque ya no vendía tanto. Así que vi el anuncio y me pareció una buena oportunidad”, cuenta.
 
Castillo trabaja nueve horas diarias en la cafetería, seis días por semana. Cada vez que puede, va a la playa. Dice que nunca había visto pinos tan altos. Y que, entre sus compatriotas que vinieron a Pinamar a trabajar, “los que más miran las noticias de Venezuela son los que dejaron a sus familias allí: consultan constantemente los cambios en el país porque están preocupados”.
Fuente: Clarín
 
 
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