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El fútbol está en los pibes. Imprimir
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Jueves, 08 de Agosto de 2019 08:01
Por Luciano Laserre*
 
Hace aproximadamente un mes volví a una cancha de pueblo. Una <cancha de pueblo> es un potrero de normalmente una manzana de extensión, mezcla de pasto y tierra, tierra con pasto, rodeado de una muralla de cemento. Fui a la fortaleza futbolera de Social de González Moreno. Mis hermanos jugaban en las inferiores de Barrio Norte allí, de visitante, en una tarde otoñal llena de frío y viento de mediados de Junio. Más de un mes después, dejo acá mis reflexiones.
 
Llegué mientras jugaban ‘oficialmente’ los niños de la 8va división, luego vendrían la 7ma y la 6ta. Sin embargo, al costado de la cancha estas dos últimas categorías soportaban la espera de su turno entre los autos, al costado de la cancha, con arcos de ladrillos o buzos que algún corajudo había cedido en medio del crudo invierno pampeano. Jugaban dos equipos de un puñado de jugadores, sin tácticas ni jugadas preparadas.
 
Allí afuera era el lugar de la improvisación: es que ni bien echabas los ojos hacia adentro del campo de juego, se veían las reglas ortodoxas y oxidadas del fútbol, mientras que en la cancha rudimentaria de afuera, la del pasto sin cuidar y sin líneas de cal, todo era risas y reclamos. Allí afuera todos querían la pelota. Adentro, en aquella cancha que ya estaba produciendo estadísticas para la Liga del Oeste, los niños que llevaban la pelota tenían que hacer malabares para encontrar alguien que se le acerque, atemorizados por los gritos de algunos padres desde fuera.
 
Otro detalle me llamó la atención de las divisiones 7ma y 6ta: la ‘indisciplina’ de sus jugadores. No estaban concentrando, encerrados pensando en el partido como dictan los cursos de director técnico para la previa de los partidos. ¡Estaban pateando una pelota! Para colmo, los niños iban y venían de la cantina, comprando papas fritas o cualquieras de las golosinas. ¡Si supieran que la ciencia dice que deben comer fideos y tomar Gatorade para aumentar la productividad en la cancha!
 
Como si esto fuera poco, en la 7ma y en la 6ta de Social, jugaban mujeres con los chicos. Una chica en 7ma y otra en el equipo de la 6ta. Esto no fue lo que me sorprendió, dado que la habilidad de un jugador o jugadora no depende en ninguna forma de su género, sexo, ni color de piel. Todo lo contrario, la supuesta “habilidad innata” es una creación. El fútbol, producto cultural y espejo de las sociedades, se forjó históricamente como símbolo de virilidad. Por lo tanto se ha creído que eran los hombres quienes mejor lo jugaban.
 
La grata sorpresa fue que hablando con mi hermano menor, de Barrio Norte, jugador del equipo contrario al de las chicas que jugaban en Social, veía aquello como algo normal. No oí chiste grosero alguno, sobre aquel asunto de jugar con niñas a un deporte "de machos” donde se debe "jugar como hombres". No es insignificante que un niño lo tome como normal: significa que el fútbol se está transformando de a poco. Lo normal no es normal porque sí: siempre implica iluminar una zona, y dejan en la oscuridad lo prohibido. Lo normal implica un sujeto que queda excluido, un anormal: históricamente fueron los locos, luego supieron ser los homosexuales, y también las mujeres. Lo establecido implica relaciones de poder, hay quien domina y está quien es dominado. Donde antes el fútbol era cosa de hombres, y a la niña se le relegaba simplemente al jugar en la calle, o directamente a no “ensuciarse” ni “lastimarse” jugando con chicos (dando por sentado que el fútbol era violencia, cosa muy alejada del fútbol como juego), ahora está Social de González Moreno. No obstante, no hay que desconocer la necesidad de contar con equipos enteramente femeninos, ya que colocar a mujeres en equipos inicialmente formados de hombres, es reducirlas a una lógica que no es la suya.
 
Llegué a la conclusión que el fútbol está en lxs pibxs: son lxs que verdaderamente hacen valer el verbo <jugar>. Y se divierten, y un simple espectador como yo aquella tarde, puede quedar asombrado de ver a un habilidoso jugar con la 10 de Barrio Norte en una división juvenil, y preguntar por su nombre. Quedé asombrado por la destreza para dejar rivales en el camino y la alegría del jugar.
 
Todo ello surge de un fútbol incontaminado y sin ganancia, donde los jugadores aún siendo pibes, no tienen la obligación de ser productivos en relación a un salario, así sean 1000 pesos miserables por partido. Tampoco están obligados a cuidarse de salir la noche anterior, como les sucede a los jugadores de primera. De más está decir que el árbitro puede darse el lujo de bostezar si la pelota se la pasa volando por el aire, sin que algún medio local califique tal acto de “Insólito bostezo de un árbitro en la Liga del Oeste”; que se equivoque por ser humano; o errar intencionalmente por alguna presión externa, ya sea en forma de dinero o para mantener el laburo. El árbitro con los pibes puede hablar, educar, y hasta disfrutar de la inexistente manía para simular faltas, el mayor desafío de un referí en el fútbol adulto.
 
Lamentablemente, la división del trabajo social se ha profundizado y el fútbol lo ha sufrido: los pueblos del interior son la semilla del fútbol profesional europeo. En estos potreros como el de González Moreno, aunque parezca insólito, loco, descabellado, nacen y viven hasta los 12 o 13 años de edad las futuras figuritas de los álbums FIFA patrocinados por Panini.
 
¿A los clubes? Poco y nada. Nada ven de aquellas sumas millonarias en dólares que transforman a los grandes clubes a nivel mundial en sociedades anónimas. En González Moreno, el mismo señor que me cobró la entrada, me ofreció una rifa en la que se sorteaba un set matero y un lechón. Y es la misma persona que el día de mañana pintará el tapial que rodea el predio cuando el paso del tiempo lo haga necesario. González Moreno, como América, como cualquier pueblo, es el primer eslabón de lo que luego será un club grande de Argentina, y Europa si el jugador es talentoso, tiene un buen representante y sirve para vender productos con publicidad de marcas deportivas.
 
Cuando se es niño o niña, aún no se han incorporado los movimientos mecánicos dictados por los entrenadores, la gran mayoría amantes de lo repetitivo, poco propensos a la libertad de gambetas. Puede ser esta la explicación a mi shock por el jugador que llevaba la 10 de Barrio Norte y se divertía desparramando defensores, cuando el libreto le diría: <mejor procurá no perderla cuando todo el equipo está en ataque. Culpa tuya nos pueden hacer el gol> o simplemente desde afuera le gritarían <¡morfón!>, o hasta cornudo, porque en el pueblo se utilizan armas ilegítimas y amorales para desestabilizar emocionalmente al crack del equipo rival. Decí que la mayoría de estas categorías las conforman pibes y pibas solteros y sin cuernos.
 
Ah, otra cosa, y esto en relación al fútbol moderno en general. ¿No es normal llevar a la cancha la radio y mientras se mira el partido, escuchar los gritos de relator de fondo? He visto en las canchas de pueblo incluso llevar únicamente el auto por la radio.
 
Hipótesis: a falta de emoción en el terreno de juego, se la busca por otros medios. Se intenta que el fútbol relatado sea el objeto de disfrute, por sobre el fútbol jugado.
 
El fútbol está en los pibes.
 
* Luciano Laserre es estudiante de la carrera de comunicación social
 
  El fútbol está en los pibes.
 

 

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