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Mercedes Sosa, la tucumana de la voz mágica que conquistó el mundo Imprimir
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Viernes, 04 de Octubre de 2019 09:05
Sin dudas es la represente de la música popular argentina. Su pasión por el canto y el compromiso con el arte y la vida le permitió traspasar todas las fronteras. Hoy se cumplen diez años de su partida
 
Por Susana Ceballos y Pablo Andisco
 
Como esos guiños que se guarda el destino para ocasiones especiales, Mercedes Sosa nació el Día de la Patria, el 9 de julio de 1935, a pocos metros de donde en 1816 se declaraba la independencia.
 
Haydée Mercedes, como la llamaron creció en un hogar humilde de Barrio Parque, en San Miguel de Tucumán, hija de Ernesto “Tucho” Sosa, de oficio zafrero y Ema del Carmen Girón, lavandera. Su madre quería llamarla Marta, y eso habían acordado, pero su padre eligió el Mercedes que solo iba a utilizar en el ambiente artístico. Puertas adentro de la familia Sosa, siempre fue la Marta. Para el mundo entero, simplemente fue “la Negra”.
 
De chica se interesó por la danza y el canto y los actos escolares fueron sus primeros escenarios. En su alma crecía un fuego que no podía detener. Quería ser cantante, como su admirada Margarita Palacios, pero no era un oficio bien visto por su padre. Un día de 1950 los planetas se alinearon.. En la escuela había faltado la profesora de canto y la directora la puso al frente de un acto para interpretar el Himno Nacional Argentino. Los aplausos le dieron coraje para ir por más. Había un concurso de nuevos talentos en la radio, y aprovechando una hora libre, Mercedes se mandó con sus compañeras hasta los estudios de LV12. Improvisó un seudónimo, Gladys Osorio, para que su padre no se entere, e interpretó “Triste estoy”, de su admirada Margarita. Cuando terminó de cantar, se terminó también el concurso.
 
Gladys Osorio siguió presentándose en la radio hasta que su padre la descubrió. “¿Esa que está cantando no es la Marta?”, le preguntó a su esposa, que cómplice, ya sabía el secreto. Hubo una reprimenda, un reto, pero nada la detendría y empezó a transitar los escenarios. Donde había una oportunidad allá iba ella, como artista de pueblo, “con la ropa enlodada y el alma repleta de amor” citando a su amigo y colega Milton Nascimento. Combinaba las actuaciones con clases de folklore en las escuelas, y así ganó sus primeros pesos para ayudar en la casa. Y estaba enamorada, con fecha de casamiento y todo, con Enrique, un joven apuesto y de buen pasar. A los padres no le gustaba el ambiente artístico, preferían otro futuro para su Marta, lejos de esa bohemia asociada a la noche, la bebida, los excesos. Pero la Negra redobló la apuesta. En una peña conoció a Oscar Matus, un músico mendocino, con ideas avanzadas para la época. “Un hombre pobre, autor de las canciones más hermosas que podía cantar”, sintetizó Mercedes su elección. Suspendió la boda, dejó Tucumán y se fue a Mendoza, dispuesta a cambiar el mundo.
Mercedes Sosa 
 
Se casó con Matus en julio de 1957 y un año después nació Fabián, su único hijo. Su esposo le produjo sus primeros discos con un sello independiente, - “Canciones con fundamento”, de 1959, y “La voz de la zafra”, de 1961- con canciones que hablaban no tanto del cerro, el río y el paisaje como acostumbraba el folklore tradicional. Los protagonistas eran los trabajadores, los humildes, los sufridos.
 
Lo que estaba creciendo al pie de la cordillera era el Movimiento Nuevo Cancionero, que se asentó sobre tres pilares: la pluma de Armando Tejada Gómez, las melodías de Matus y la voz de la Negra. En febrero de 1963 publicaron un Manifiesto, que pregonaba la búsqueda de una música nacional de contenido popular; que apuntaba a integrar la diversidad regional del país y depurarla de convencionalismos tradicionalistas. Como corolario, proyectaba una visión global, promoviendo “el diálogo y el intercambio con todos los artistas y movimientos similares del resto de América”. El alcance del Nuevo Cancionero fue inmediato y se prolongó por América Latina. “Fue como La Biblia para nosotros” resumió el trovador cubano Pablo Milanés.
 
Luego de una temporada de trabajo en Uruguay llegó el día en que su voz penetró para siempre en el corazón de los argentinos. Corría el año 1965 y todo lo que pasaba en materia de folklore, sucedía en el Festival de Cosquín. La Plaza Prospero Molina era la cuna del boom del género, y escenario de unas cuantas polémicas, sobre todo, en torno a quiénes eran los indicados para participar. Mercedes Sosa no estaba en los planes de la Comisión Organizadora, pero sí de uno de los principales artistas de esa edición.
 
Jorge Cafrune la vio entre el público y tomó la decisión de anunciarla. “Les voy a ofrecer el canto de una mujer purísima, que no ha tenido oportunidad de darlo. no, ”. A punto de cumplir 30 años, con un hijo chiquito y un marido que la había abandonado, a la tucumana no le tembló el pulso ni la voz. Agarró el bombo, llenó los pulmones y cantó “Canción del derrumbe indio”. Una mujer, simpatizante del Partido Comunista, cantando pestes sobre la conquista española. No era la mejor carta de presentación para un jurado acartonado y conservador. Pero el público la bendijo con su aplauso antes que terminara la interpretación. Como en la radio, cuando jugaba a ser Gladys Osorio, el solo hecho de escucharla cantar bastaba para recibir el aplauso genuino del público.
Mercedes Sosa y su hijo Fabián
 
 
Fue elegida revelación de Cosquín lo que le valió un contrato con Polygram y una sucesión de grabaciones que sentaron las bases del repertorio de su primera etapa. La segunda mitad de los 60 registró versiones de “Zamba para no morir” y “Al jardín de la república”; un homenaje a su provincia natal que siempre cantó con orgullo. Fue intérprete de algunos autores consagrados, pero sobre todo desconocidos, y siempre se encargó de decir quiénes habían escrito aquellas líneas que ella cantaba. Llegando al final de la década, grabó la premonitoria “Canción con todos” -de César Isella y Tejada Gómez- y se asoció con el historiador Felix Luna y el compositor Ariel Ramírez para registrar “Mujeres Argentinas”, donde son homenajeadas, entre otras, Alfonsina Storni, Rosario Vera Peñaloza y Juana Azurduy.
 
Ya había paseado su canto por Europa y los Estados Unidos cuando cruzó la cordillera dispuesta a emprender su sueño latinoamericano. Allí hizo propia “Gracias a la vida”, de Violeta Parra, uno de los grandes clásicos de su repertorio, cantó a Víctor Jara y empezó a latir cada vez más fuerte su compromiso político. Su afiliación al Partido Comunista, el contenido de sus canciones, el tenor político que adquirían sus presentaciones no eran una buena noticia para un país convulsionado. Después del Golpe de Estado, Si bien nunca fue oficialmente prohibida, algunos de sus discos fueron censurados y empezó a sentir que su presencia estorbaba, que cada vez se le hacía más difícil cantar. Y mientras sufría para desarrollar su carrera, recibía un golpe del que nunca terminaría de recuperarse: la repentina muerte de Pocho Mazzitelli, su compañero durante 13 años.
 
A finales de 1978 y luego de un concierto en La Plata, la policía se la llevó detenida junto a su hijo y algunos de sus músicos. Fue el primer llamado de atención, la confirmación que tanto temía. Tenía pactados tres shows junto a Rodolfo Mederos en el Teatro Premier, pero le levantaron la función el mismo día del estreno. Buscando una solución, un joven Carlos Rottenberg la contrató para tocar en Pinamar. Tenía fecha de estreno el 5 de enero, pero una repentina inspección municipal buscó hasta que encontró un motivo para clausurar el teatro. Fue otra frustración para Mercedes, que no estaba dispuesta a sufrir más humillaciones.
 
En febrero de 1979 comenzó su exilio europeo. Siempre dejó en claro que se trató de “un exilio de trabajo, de necesidad de cantar”. Partió con su valija y su bombo y alquiló un departamento en París en el que se instaló con Fabián. El exilio la marcó con dureza. Extrañaba su familia, sus amigos, su público. Pero no por eso dejó de trabajar, ni de grabar discos y empezó a visitar con frecuencia la obra de la música popular brasilera, sobre todo a Chico Buarque y Milton Nascimento. Una muestra de cómo su repertorio se iba a ampliar hasta lugares hasta ese momento impensados.
Mercedes Sosa luego de un show en el Luna Park en 1984
 
El regreso de Mercedes Sosa a los escenarios argentinos fue apoteótico y todavía se recuerda. La serie de 13 conciertos en el Teatro Ópera, en febrero de 1982 marcó no sólo el reencuentro con el público, con la emoción que eso significaba. “No me estaban amando a mí, se estaban amando a ellos mismos”; contó Mercedes sobre el fervor con el que se vivieron esas noches.
 
El álbum doble Mercedes Sosa en vivo en Argentina, es un documento de época y no solo por lo que significaba para la vida cotidiana del país. También marcaba un puente con los nuevos autores que ya no tenían que ver solo con el folclore. A su repertorio clásico se sumaban Piero, León Gieco y Charly García, quienes junto a Fito Páez, David Lebón, Pedro Aznar y otros más iban a derribar las fronteras con el rock, para crispación de los conservadores y los fundamentalistas de ambos bandos.
 
De todos ellos, León fue su gran amigo, pero Charly su debilidad, con quien estableció un vínculo casi maternal. Se hicieron habitúes los conciertos una del otro y la Negra registró inolvidables versiones de “Cuando ya me empiece a quedar solo”, “Inconsciente colectivo” y “De mí”, que interpretaba con una emoción única. Juntos hicieron “Alta fidelidad”, el choque de los mundos, el disco que permitió el desembarco de García en Cosquín, bendecido por la Negra, que tenía muy claro para dónde quería ir, pero no se olvidaba de donde venía.
Mercedes Sosa - Inconsciente Colectivo con Charly García en vivo
 
Esta apertura por los nuevos sonidos y los nuevos artistas tuvo su cenit en Cantora, un viaje íntimo, el álbum doble que editó poco antes de su muerte y que incluye duetos con Gustavo Cerati -“Zona de promesas”, la gran revelación del álbum y Luis Alberto Spinetta -“Barro tal vez”, la entrañable zamba que Luis compuso a los quince años y que Mercedes siempre había querido cantar a dúo-. El disco la acercó a una nueva generación de artistas, aparentemente lejanos en espacio y tiempo, como Shakira, Julieta Venegas, Jorge Drexler o René Pérez de Calle 13. El trabajo que hoy puede verse como una despedida, fue concebido como una primera etapa de un proyecto más ambicioso. Su muerte, inesperada y dolorosa, sembró la duda de hasta dónde podía llegar su voz, o dicho de otro modo, hasta dónde se hubiera propuesto llegar.
 
Los primeros problemas serios de salud de la Negra se manifestaron entre 2003 y 2005. Los conciertos se hicieron cada vez más espaciados y debía cantar sentada, pero su voz mantenía la fuerza y la emoción a pesar del deterioro físico. El 4 de octubre de 2009 falleció en el Sanatorio de la Trinidad, en Palermo, donde estaba internada como consecuencia de una infección en el hígado, “acompañada inclusive cuando ya no podía saberlo, por un desfile interminable de artistas y amigos", como informó su familia en un comunicado.
 
Su velatorio fue uno de las imágenes más conmovedoras de los últimos tiempos, con esa tristeza en el ambiente que se desprende de las despedidas de los artistas populares. Por el Congreso de la Nación pasaron sus amigos de la música (Teresa Parodi, Víctor Heredia, Charly García, Peteco Carabajal, entre tantos otros) hasta personalidades con las que había desarrollado tipo de afinidad, como Diego Maradona o Susana Giménez. Se decretaron tres días de duelo nacional, los mandatarios de América Latina mandaron sus condolencias y los medios del mundo se hicieron eco de su partida con un título recurrente: “Se apagó la voz de América Latina”.
Mercedes Sosa 
 
La historia de Mercedes Sosa en la música continúa explicándose a partir de su legado. A diez años de su muerte, su obra sigue marcando a los nuevos intérpretes que la toman como referente, pero que no tratan de imitarla. Su voz no hubiera sido la misma sin su manera de cantar, de interpretar, de sentir esas canciones que hacía propias, y que ella explicaba con sabiduría de artista. “Lo difícil es saber lo que una quiere con el canto. Cantar no es sólo abrir la boca y largas hermosas notas, el canto es mucho más profundo”. Se fue hace diez años pero si Gardel cada día canta mejor, ella es inmortal.
  Mercedes Sosa, la tucumana de la voz mágica que conquistó el mundo
 

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